Entre el himno y el campanario
Cómo se fabricó una nacionalidad argentina en plena inmigración masiva, y por qué tantos descendientes seguimos amando dos tierras a la vez
Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos, porque la respuesta parece obvia: ¿por qué en Argentina cantamos el himno en la escuela, juramos la bandera y usamos escarapela… y en gran parte de Europa eso no pasa?
Damos por sentado que «así se hace en todos lados». Y no. Ese conjunto de rituales que llevamos tatuado en el cuerpo desde el jardín no es un dato natural: es el resultado de una decisión histórica muy concreta, tomada en un momento muy preciso, para resolver un problema muy grande. El problema era, ni más ni menos, cómo convertir en argentinos a millones de personas que no habían nacido acá.
Para entenderlo hay que volver a fines del siglo XIX, a los barcos.
La puja invisible: ¿la sangre o la tierra?
Entre 1880 y 1930, Argentina recibió una de las mayores olas migratorias de la historia moderna. Los números asustaban incluso a los que las habían impulsado: en 1889 ingresaron casi 290.000 inmigrantes en un solo año. Sarmiento, en 1887, escribía que «cuando se ven llegar millares de hombres al día, todos sienten como una amenaza de sofocación, como si hubiera de faltar el aire y el espacio para tanta muchedumbre».
Detrás de esa marea había una disputa jurídica que definía, literalmente, de quién eran esos hijos. Dos principios enfrentados:
- El ius soli — el derecho del suelo. Argentina sostenía que la nacionalidad la da la tierra donde uno nace. El que nacía en suelo argentino era argentino, sin importar de dónde venían sus padres. Es la lógica de un país que se estaba construyendo y necesitaba gente para poblarse: acá se es de donde se nace.
- El ius sanguinis — el derecho de la sangre. Los países de emigración, y sobre todo Italia, sostenían lo contrario: la nacionalidad se hereda, viaja en la sangre, se transmite de padres a hijos aunque el chico nazca del otro lado del océano. Un hijo de italianos nacido en Rosario era, para Italia, italiano.
Esto que parece un tecnicismo de abogados era, en realidad, una batalla por el alma de una generación. Porque Italia no solo reclamaba a esos hijos en los papeles: los reclamaba en el corazón. A través de las escuelas de la colectividad, de la prensa, de las sociedades, se buscaba mantener viva la lengua, la tradición y el vínculo afectivo con la «vieja patria». Todo eso formaba parte de un movimiento más grande de afirmación de la nacionalidad italiana, que por esos mismos años se estaba inventando a sí misma allá.
La élite dirigente argentina lo vivió como una amenaza real. Cuando empezaron a circular ideas sobre una «Gran Italia» con derechos sobre sus emigrados más allá de sus fronteras —basados justamente en el ius sanguinis, en la sangre y la lengua compartidas—, esas fiestas y esas escuelas de la colectividad, que antes parecían inocentes, «perdieron su antigua inocencia y se empezaron a mirar con nuevos ojos», como escribió la historiadora Lilia Ana Bertoni. Buenos Aires se había vuelto una «Babel de banderas»: cada colectividad marchaba con sus antorchas, su himno y sus colores, y eso —a los ojos de quienes se sentían los «padres de la patria»— olía a disgregación.
Las sociedades de inmigrantes: sobrevivir juntos
Mientras la política discutía sangre y suelo, la gente común hacía algo mucho más urgente: sobrevivir.
Emigrar no era romántico. Era desarraigo, privaciones, enfermedad, muerte lejos de casa. Y frente a eso, los inmigrantes hicieron lo que siempre hizo la humanidad para no quebrarse: se juntaron. Nacieron así las sociedades de socorros mutuos, verdaderas redes de supervivencia construidas por paisanos para paisanos.
En 1854 se fundó en Buenos Aires la Sociedad Francesa de Socorros Mutuos. Poco después, la comunidad italiana levantó una de las más importantes e influyentes de todas: la Unione e Benevolenza. Y detrás de ellas, cientos y cientos de asociaciones que se ramificaron por todo el interior del país.
¿Para qué se afiliaba la gente? En primer lugar, por necesidades muy concretas: cobertura médica, protección laboral, una mano cuando faltaba el sostén de la familia. Estas sociedades atendían a los huérfanos y a las viudas, velaban por la educación de los chicos que quedaban solos, cuidaban los intereses de los que ya no estaban. Y solo en segundo lugar venía lo recreativo y lo cultural: mantener vivas las tradiciones, la lengua, las fiestas del pueblo.
Pero había algo más, y es clave para entender toda esta historia: esas asociaciones eran trincheras de identidad. En un país que decía «acá sos argentino» (ius soli), los inmigrantes se agrupaban para conservar entre sus descendientes el idioma, la comida, el santo del pueblo y el amor por la tierra dejada atrás. Preservación pura, en el sentido más profundo.
(Y un dato que a los que investigamos genealogía nos hace brillar los ojos: muchas de esas sociedades todavía guardan los libros donde anotaban a sus socios, con lugar de origen, fecha de nacimiento e incluso la última cuota pagada —a menudo, la pista más cercana a la fecha de fallecimiento de un antepasado. Son minas de oro para reconstruir una historia familiar.)
La escuela como máquina de hacer argentinos
Acá aparece la protagonista silenciosa de toda esta historia: la escuela pública.
Si el Estado argentino no podía elegir de dónde venían los chicos, sí podía decidir en qué se convertirían. Y para eso tenía una herramienta poderosísima, gratuita, obligatoria y laica: la Ley 1420, de 1884. A comienzos del siglo XX la escuela ya alcanzaba a cerca del 70% de los chicos de entre 6 y 13 años. Todos esos hijos de italianos, españoles, sirio-libaneses, judíos de Rusia, pasaban por la misma aula. Y ahí se los «argentinizaba».
En 1910, en pleno Centenario, José María Ramos Mejía —presidente del Consejo Nacional de Educación— dijo con todas las letras lo que muchos pensaban: que las escuelas no estaban cumpliendo su tarea de integrar a las masas inmigrantes a la cultura nacional. Su receta fue profundizar los contenidos patrióticos, con una idea muy clara y muy de época: una identidad nacional homogénea, una sola, para todos.
Fue entonces cuando los símbolos entraron a la escuela para quedarse, y podemos ponerle fechas:
- 1903: se vuelve obligatoria la enseñanza del Himno Nacional en las escuelas.
- 1909: se instaura la ceremonia diaria de izar y arriar la Bandera, y se establece la Jura a la Bandera para los chicos que ingresan por primera vez a la escuela. El ritual que todos hicimos alguna vez, con la mano en alto, nació ahí.
- 1938 (Ley 12.361): se fijan en el calendario las grandes fechas patrias —el 20 de junio, Día de la Bandera; el Día del Himno; el Día de la Escarapela— y se declara fiesta nacional el 17 de agosto.
- 1944 (Decreto 10.302): el Estado establece las versiones oficiales de los cuatro símbolos.
¿Y cuáles son esos símbolos, los que se implementaron entonces y siguen siendo los nuestros hoy? La Bandera (creada por Belgrano en 1812), el Himno Nacional (1813), el Escudo Nacional (1813) y la Escarapela. Cuatro emblemas que aprendimos a respetar antes incluso de entender qué significaban. Con los años se sumarían símbolos naturales, como el hornero y el ceibo, pero el corazón del ritual escolar son esos cuatro.
La idea de fondo era hermosa y un poco inquietante a la vez: fabricar un «nosotros» donde antes había una Babel. Y funcionó. Tan bien que hoy sentimos esos rituales como algo eterno, casi sagrado, cuando en realidad tienen poco más de un siglo y un objetivo político clarísimo.
¿Y por qué en Europa no pasa esto?
Acá está la parte que suele sorprender. Si un chico argentino le cuenta a un amigo francés, italiano o alemán que en su escuela cantaba el himno todas las semanas y le juró fidelidad a la bandera, lo más probable es que el otro lo mire raro. En gran parte de Europa el himno casi no se canta, no hay ceremonia diaria de bandera ni juramento escolar. No es que sean menos patriotas: es que vivieron una historia distinta.
Los viejos Estados europeos no tuvieron que inventar una nación a partir de millones de recién llegados. Se formaron, al revés, alrededor de comunidades que ya existían: una lengua compartida, una historia común de siglos, un territorio con raíces profundas. Es, en el fondo, la misma lógica del ius sanguinis pero a escala de país entero: la nación como algo que ya se es, que se hereda, no algo que la escuela tiene que enseñar desde cero. No necesitaban una máquina de argentinizar porque no tenían una Babel que unificar.
Y hay un segundo motivo, más doloroso. Europa vivió en carne propia adónde puede llevar el fervor nacionalista llevado al extremo: dos guerras mundiales, el fascismo, el nazismo. Después de eso, el patriotismo exhibido y ritualizado quedó bajo sospecha. Ostentar demasiado la bandera o el himno pasó a asociarse con épocas que preferían no repetir. Por eso, mientras Estados Unidos convirtió el juramento a la bandera en un rito escolar diario —también un país «nuevo», hecho de inmigrantes, que necesitaba unir lo diverso—, buena parte de Europa tomó el camino contrario.
Argentina, como casi toda América, quedó del lado de los países que tuvieron que construirse. Nuestros símbolos escolares no son un capricho: son las cicatrices hermosas de esa construcción.
La doble pertenencia: amar dos tierras sin traicionar a ninguna
Y acá, después de todo el recorrido, llegamos a lo más íntimo. A lo que muchos descendientes de inmigrantes sentimos todos los días sin saber muy bien cómo nombrarlo.
Aquella puja de hace un siglo —el suelo contra la sangre, la patria nueva contra la vieja patria— dejó de ser una batalla entre Estados. Se metió adentro nuestro. Hoy no la pelean los cónsules ni los presidentes: la llevamos los nietos y bisnietos, y no como una guerra, sino como una forma particular de amar.
Amamos esta tierra con el himno que nos enseñaron en la escuela, con la bandera que juramos de guardapolvo blanco, con el asado y el mate y la certeza de ser profundamente argentinos. Y al mismo tiempo se nos aprieta el pecho con un tarantela, con el dialecto de la nonna, con el nombre de un pueblito perdido en Calabria o en el Piamonte que nunca pisamos pero que sentimos nuestro.
Los italianos tienen una palabra preciosa para esto: el campanilismo. Viene de campanile, el campanario. Es ese amor entrañable por el propio pueblo, por lo que alcanza a ver y oír quien vive a la sombra de la campana de su iglesia. Los que emigraron casi nunca se sentían «italianos» —Italia recién se había unificado en 1861, era una nación tan joven como la nuestra—; se sentían napolitanos, calabreses, piamonteses, friulanos. Su patria era el paese, la aldea, el campanario. Ese amor a lo pequeño y a lo propio cruzó el océano en un baúl y todavía late en nosotros.
Y ese amor al campanario tenía consecuencias muy concretas, hasta en el altar. En la primera generación, muchos inmigrantes buscaban que sus hijos se casaran «entre los suyos»: piamonteses con piamonteses, calabreses con calabreses, gallegos con gallegos. Los historiadores lo llaman endogamia regional, y es la otra cara exacta del campanilismo: si tu identidad es el paese, querés que la sangre y la lengua sigan dentro del paese. Las mismas sociedades de socorros mutuos —con sus bailes, sus fiestas y sus cenas de colectividad— funcionaban también como el lugar donde los jóvenes «de los nuestros» se conocían y formaban pareja. Casarse con un criollo, o incluso con un inmigrante de otra región, podía despertar recelo en la familia. Recién con las generaciones siguientes esa resistencia se fue aflojando y empezó a mezclarse todo: ahí sí aparece, de verdad, el famoso «crisol de razas». Pero conviene recordarlo: el crisol no fue instantáneo ni pacífico. Costó, y al principio cada colectividad se cuidó bastante de mantener la sangre en casa.
Y ahí está la belleza del asunto. Lo que los «padres de la patria» temían como una amenaza —que esa gente amara a dos tierras a la vez— resultó no ser una traición a ninguna. Resultó ser una manera más rica de pertenecer. No tenemos que elegir entre el himno y el campanario. Los dos suenan adentro nuestro, en distintos momentos, y los dos dicen la misma cosa: de acá venimos.
Somos hijos del ius soli que llevamos el ius sanguinis en el apellido. Y en esa doble pertenencia, lejos de perdernos, terminamos de encontrarnos.
Si tenés antepasados inmigrantes, esta historia también es la tuya. Las sociedades de socorros mutuos, los libros de socios, los apellidos que cruzaron el mar: cada uno guarda una punta del ovillo. Tirá del hilo. Siempre lleva a casa.
